miércoles, 22 de junio de 2011

Verano

Hola, Natalie,

Ya está aquí el verano.
Las chicas han llenado la calle
de piernas, chancletas y helados.

El calor atonta algunas caras,
hay hombres que me han mirado
como si acabaran de perder
las llaves de casa.

El verano cuelga de la lengua de los perros. Natalie,
ahora no busques gatos en la calle,
todos se marcharon de vacaciones
a la sombra azul que hay debajo de los coches.

Pronto habrá incendios
y pronto habrá autopsias que revelarán
que éste
o aquél viejo
murieron de calor, naturalmente.
Hay que usar bombillas más frescas, menos voltios, más flojas.
Por eso la lámpara de mi escritorio
es una flor jorobada
que deposita una pequeña limosna
sobre el boli y sobre las hojas.

Hoy he visto el vídeo en que te entregaban el Óscar, Natalie,
estabas tan feliz
tan nerviosa y tan gorda
que eras como una niña que va a hacer la comunión
con un melón
debajo del vestido.

Estoy en una parte de mi vida
en la que tú eres mi vida. No tú, pero sí hablar contigo.
Hablar contigo no, pero sí hablarte a ti.
Hablarte a ti
tampoco.
Pero sí pensar en ti
como en una imagen amable
a la que dirigirme para pedirle socorro y audiencia.

Ya está aquí el verano. Lo han traído las chicas
y también serán ellas
quienes se lo lleven muy pronto.

Aunque sólo ha comenzado
ya estoy viendo su final:
(Será como su principio
pero al revés)
Las calles se irán vaciando
de piernas, chancletas y helados.
Un buen día,
alguien se atreverá a ponerse una chaqueta
y todo se habrá acabado.



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Poesía by Iván Legrán Bizarro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.
Based on a work at ernestomeobligo.blogspot.com.

lunes, 13 de junio de 2011

Café para los fantasmas

Lamento haberte sacado de la cama a estas horas, Natalie, pero
se trata de Irene.
¿No te he hablado de ella?
“Irene”
podría ser el título de mi vida
durante este último año.

Sin embargo, me estoy cansando llamarme así.

Dentro de poco es su cumpleaños y me da pereza que lo sea.
Ir a la tienda
a buscarle un regalo
es sólo un dato
garabateado sin ganas en la agenda.

A veces cuando miro a Irene
ya no baila la sed,
sino el cansancio.

Llueve. Se pone a llover ahora, Natalie, y
llueve mal, sin uniformidad y sin mojarlo todo.
Ahora
se oye cómo detona una gota en la uralita de allá, pero después
gruñirá algún lugar
cardinalmente muy lejano.
Llueve mal,
como si la lluvia de hoy
la hubieran inventado
unos niños con prisa.

Creo que me gusta repartir café entre mis fantasmas:

Vuelvo a hablar con Leila.

Vuelvo a querer ser amigo de Cristina (a cualquiera
le parecería una excelente idea su rostro, su cuerpo, su voz... Pero yo sólo puedo fijarme
en el mensaje urgente y triste
que colorea su mirada).

Vuelvo a querer follarme a Julia.

Vuelvo a querer trasladar a Irene
a una sala más pequeña. Despegarla. Despegarme. Hacerme un exorcismo lento y silencioso.
Pero no sé cómo
siempre termino por decir alguna frase innecesaria
con la que vuelvo a entregarme.

Pero Natalie, nada de esto es toda la verdad; es un fragmento, es
la mentira verdadera
que tiene que emerger en los poemas.
Esto es un volcán
y éste es su magma.

Hablo otra vez con Leila y por eso
otra vez estamos callados, vuelven los intermedios,
vuelven las hemorragias invisibles pero presentes
del silencio.

No sabré ser un amigo para Cristina.

Casi nunca quiero volver a follarme a Julia.

No sabré cómo desalojarme de Irene, no me atreveré
a empequeñecerla y tendré que esperar
a que sea ella quien me empequeñezca.

Se ha terminado la lluvia justo ahora. Es mediodía, de repente. Ha salido el sol y ¡qué bruto!
Ha engominado los charcos que ha puesto la lluvia y ahora
parece una bestia plana
que se alimenta de toboganes, de charcos, del lomo movedizo de los perros
y de la carrocería quieta y sensible de los coches.

Natalie, ¿cómo viviste la parte floja de tu carrera?
¿Predecías la gloria de ahora?

Empezaste tan bien. Cuando aquéllos malvados policías
irrumpían en el piso y Jean Reno (antes de empujarte por un escondrijo
que te salvará)
coge tus mejillas entre sus manazas
y te dice:

-Matilda
tú le has dado
sabor a mi vida.

Fue sobrecogedor
ver cómo tu cara
recibía esa frase.

Vuelve ya a la cama, Natalie; hoy no tengo nada más que decirte.
Cómo te envidio. Tú enseguida te volverás a dormir
y te sumergirás
en un sueño plácido
al que ya no le quedan sueños por cumplir.





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lunes, 23 de mayo de 2011

Una comedia

Verás, Natalie
las sombras tienen razón:
el mundo es plano y sombrío.
Últimamente
las cosas van mal; pero llevo bien
lo de que todo vaya mal.
El café también tiene razón:
a veces
la vida es amarga y fuertemente oscura.

A ti, Natalie, por la noche ¿qué es lo que te tranquiliza?
Esa misma pregunta quiero hacérsela a mi madre.
Mama,
¿qué te tranquiliza a ti? A mí escucharte respirar. Oír por la noche
la cuerda áspera de tu respiración, ese hilito de agua seca
que me certifica
que por fin estás descansando.

Últimamente me intranquiliza demasiado la noche.
Me daña más de lo normal
y me parece que la noche es un enorme forense
de manos enguantadas por el látex de la luna
a la espera
de recoger cualquier pájaro
que se muera.

El otro día soñé que tú y yo, Natalie, montábamos una divina comedia:
Al poeta Iván
le guía, de la mano, la niña de 12 años de León el profesional. No me conducías
ni por el infierno ni por el cielo, sino por el purgatorio de los años 90. La década
en la que la adolescencia
convirtió mi corazón en una urna que se llenaba de mundo.
Quiero que me lleves a esa época hermosa y grunge
que se confiscaba perfectamente
en las canciones de Radiohead y de los Smashing Pumpkins.
En algún callejón
podrido por esa cosa que llamaron graffitis
te besaré en una mejilla. Alguien encenderá una radio
y el locutor, por supuesto
hablará del sida.

Natalie, las sombras tenían razón:
el mundo es un lugar plano y oscuro. Creo
que mi abuela
pronto recibirá
una carta negra.


Cuando mi abuela muera
me imagino a todos los ángeles tomando apuntes en sus libretas.
Todos ellos la interrogarán,
todos los ángeles tienen demasiadas cosas
que aprender de ella.
Natalie,
quiero conversar en la nieve
con la niña que eras en Beautiful Girls. Quiero ir a buscarte a la escuela, darte un sándwich y un zumo y decirte:

-Eh, cuando te comas el sándwich,
prométeme
que harás bien la digestión.

A veces creo
que quiero regresar a aquello que tenía con Julia. Grabar tu nombre
(o el de quien sea), en todos los postes del telégrafo.
Volver
a sentir que alguien
necesita imputarme en la delicadeza de su vida. Saber, saber tanto de alguien
que lo único que me quede
sea gandulear debajo de su mirada
sin sentirme normal ni defectuoso. Quiero volver
a ser el periodista
de todos los átomos de una vida
que no sea la mía.

Pero por otro lado
el amor
en mi corazón sólo ha dejado
un palmarés derrotado y receloso.

Oh, pero no, Natalie. Vamos. Tú no te preocupes. No llores:
No se hunde mi corazón
flota bien en la tormenta. Lo malo
es que ya nunca flota en ningún otro sitio porque ya nadie
lo trata de ninguna otra manera.





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domingo, 8 de mayo de 2011

Cancelado

Tenía muchas ganas
de que ingresaras en mi vida.
(No se trata de que llegues o de que entres
a mi vida. Sino
exactamente de que ingreses:
como el dinero en una cuenta corriente.
O como un enfermo en un hospital.
O como alguien que quiere aprender
e ingresa sediento
en una universidad).

A veces salgo a darle una vuelta al barrio
y resulta que estaba dándote una vuelta a ti
(Mi barrio está tan sabido,
me es tan conocido que camino por él
sin mirar sus casas ni sus tiendas
pero llevo aquí toda mi vida
y si yo no las miro
terminan por mirarme ellas).

Tengo que dejar de untar la noche con tu rostro.
Disparar
a
la bandada de planes que me sobrevuelan.
Dejar de andar por el camino (o seguir haciéndolo, pero sin andarlo; pisándolo)
que te traería a mi casa,
a comer con mi familia los domingos.

Tú (que estás llena de adornos que te sientan tan bien),
¿qué diablos harías en mi casa? Mi casa es muy pequeña;
Tu pelo
es más largo que mi casa.

Ya hemos hablado de cuánto te gusta cocinar y aquí
apenas podrías cocinar nada.
Mi cocina es tan pequeña
que lo único que quiere
es que te frías un huevo
y regreses al salón a ver la tele.

Me moría de ganas
de ver cómo fabricas tus bostezos:
Seguro que nunca descuidas taparte con una mano (creo que si puedes, tú te tapas
con las dos), pero siempre
se queda entreabierto algún dedo
y entonces tu boca suena
un poco con esa vocal grande y alquitranada
que uno dice sin querer cuando bosteza.

Tenía ganas también
de ir yo a tu casa
para que tu jardín fuera un jardín
y tu perro fuera un perro
(y no como ahora
que tu jardín no huele, y tu perro no ladra
porque sólo son un par de fotos
que enseguida se acaban).

Sentía que me tú pellizcabas con alguna luz.
Me hacías presentir horas fiesta. Pero ahora me he acordado
de una cosa que me dijo mi abuelo
después de una verbena:
-Iván,
al final
el confetti ensucia el suelo.
Y además, el confetti mojado
parece el vómito de un payaso.



Tenía muchas ganas
de que ingresaras en mi vida
y ahora me siento derruido y sancionado.
No quiero explicarme más.
No quiero dar más detalles sobre ti
ni sobre este universo que has cancelado.

Ojalá tuviera otra vez aquella agenda del cole (en sus últimas páginas había unos justificantes
que rellenaba mi madre):

Nombre:
Iván Legrán.
Asunto: No asistirá hoy a la alegría.
Motivo: Los confettis ensucian el suelo. Los globos han ido al hospital, porque parecían
rostros de niños enfermos.

Me voy ya. Me voy un rato.
Voy a ejercitarme en eso de dejar de pensar.

Empezaré por dejar de pensar en conocerte: Dejaré a un lado lo de ir a tu universidad
para verte aunque sólo sea un rato,
y dejaré de creerme
eso de que si estuvieras a mi lado
mi sangre sonreiría
y cumpliría mejor con su trabajo.





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martes, 26 de abril de 2011

Natalie Portman

La primera vez que te vi eras una niña.
Y yo también era un niño:
La cámara enfocaba con mimo
a una pilla de 12 años
que fumaba a escondidas un cigarrillo.

Luego te perdí el rastro
durante los años tontos
en los que sólo pude dedicarme a crecer.
Pero por fin
después, sin saber que nos reencontraríamos, volví a verte
en V de Vendetta
y me angustié contigo mientras te rapaban la cabeza; ya el resto de la peli,
tuve que verla
con el corazón liderado por un vago desconsuelo y
por una vaga tristeza.

No sé si sales por ahí o no
los fines de semana
de fiesta.
Pero cada viernes y cada sábado
no me puedo ir a la cama hasta las tres o las cuatro,
cuando creo que ya es casi seguro que estarás a punto de irte a dormir, cuando
ya puedo pensar, más tranquilo,
que ya habrá pasado esa franja de la noche
en la que puede ser que hayas estado
follando con quien sea.

Voy a contarte algunas cosas que -como sabemos- nunca llegaré a contarte en realidad:
Cuando vuelvo de acompañar a Irene en tren, de noche,
en mi trayecto apenas hay túneles de hormigón. La noche es el túnel
hasta que las hileras de farolas
le regalan a la oscuridad un esqueleto precioso.

Aquí -y tú nunca vas a saber dónde queda eso-
hay un parque, al lado de casa,
en el que el viento pone muy nerviosa a la hierba,
a toda la hierba,
a la inmensa extensión de hierba.

Natalie, pensar en ti
es igual de frustrante que pensar en lo inesquivable de la muerte: He de morir un día,
(no me congelarán,
no me despertarán cuando se haya inventado la vida eterna)
y mientras viva
tú y yo nunca charlaremos
ni seremos amigos
ni se cruzarán nuestras vidas.

Ahora es abril, Natalie.
A las tres de la tarde el calor es casi el único habitante de la calle. Las carreteras parecen largas tiras de goma
tiradas en el suelo para dormir la siesta. A las tres de la tarde
no sé si son graciosos o si son tristes los semáforos
que le dan instrucciones a un mundo vacío; su código intenta
regular la nada.

A veces
cuando estoy medio dormido
la corriente hace que tiemble un poco la puerta de mi cuarto,
suena como si llamaran a mi puerta. Es un golpe leve, educado,
tal y como pienso que llamarías tú con tus nudillos
si quisieras pasar un momento por mi cuarto.
Si vinieras, Natalie, podríamos jugar y hablar de política
en mitad de la hierba. Esa hierba
que cuando la mueve el viento
se parece a un puñado de jóvenes llenos de piercings empujándose en un concierto.
También (está cerca) te llevaría a la playa
y juntos encontraríamos ese sitio en donde Whitman decía
que las gaviotas reían con una risa casi humana.

Serían las horas más vivas
las horas muertas contigo.

Quiero verte,
mucho.
Pero a ti qué te importa,
mi dulce,
mi querida,
mi desconocida Natalie Portman.



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martes, 25 de enero de 2011

A mi hijo

Aún no sé
si te dará a luz una mujer que me quiera, o si
tendré que ir a comprarte a alguna tienda de niños.
Sí. Comprarte. ¿Qué es eso de “adopción”?
Tendré que ahorrar una fortuna. Tendré que salir a comprarte. Pero seguramente
no volveré a comprar en toda mi vida
nada tan maravilloso como tú.

Si al final tengo que pagar por ti, serás una niña.

Hijo, te lo aviso,
mi casa es pequeña.
Tus primeros cumpleaños -los que se celebran con otros padres
rovoloteando sobre sus hijos-
tendrán un aforo limitado.

No te he puesto todavía ningún nombre. No quiero empujarte dentro de ninguno.
Todos te quedan feos. Me parecen muy poca cosa. Es como si quisiera comprarte una camiseta
que ya llevara puesta todo el mundo.

Es raro que yo te castigue. No te pegaré nunca,
pero a veces te amenazaré
como si fuera capaz de hacerlo.

Cabrón. Dime que después de las acuarelas
y de la plastilina de la infancia
no te vas a alejar demasiado de mí
durante la adolescencia.

En cualquier caso
ya haremos las paces.

Ay, hijo. Ten cuidado con el amor
porque a veces es mucho peor
que el odio.

El odio es un mapa muy claro: Odias
a quienes no te dejan que los ames. Es tan fácil
tener enemigos.

Pero lo otro...
A veces creerás que el amor es entregar una varita
para que ellas (o ellos)
te puedan convertir cuando les apetezca
en mierda.

Algún día estarás en tu escritorio e intentarás formular -con toda la desesperación y la mala leche del mundo, para que él o ella lo lea-
lo ambiguo que es todo:

“Me estoy cansando de ti
Depende del día que tenga
todo lo que sé de ti, incluso tu nombre,
incluso tu pelo,
me parece un capítulo amargo en mi vida.”

Por eso, hijo, te deseo la misma suerte que tengo yo.
Cuando quedo con mis mejores amigos
sé que siempre ha sido una buena idea
quedar con ellos. Es muy difícil
introducir el mal
en la carpintería de nuestro vínculo.

Y eso te va a pasar con tan poca gente...

Plancharé. Lavaré tu ropa. Te escucharé. Me limpiaré las manos en el delantal antes de coger el teléfono.
Nunca dije que me limitaría a ser tu padre. También seré tu madre.

¿Que por qué no tienes una?
¿Sabes lo que es el barbecho?:
Cuando un agricultor ve que
en una extensión de tierra ya no crece nada
decide dejar de sembrarla, le da descanso, la pone a dormir debajo del cielo
para que se enriquezca de nuevo.
Así tengo el corazón ahora, hijo
en barbecho. Si te acercas mucho a él -si te pones pesadito
con tus preguntas-
verás algunos nombres
todavía escritos.

Cabrón. Cabronazo.
¿Cuánto tiempo me vas a hacer esperar hasta que podamos
ir juntos a tomar una cerveza?

¿Y cuánto tiempo hasta que ya no te dé vergüenza abrazarme?
Bah. Ojalá seas niña. Son más cariñosas.

Tengo tantas ganas de verte;
de que nos veamos,
de que seas pequeño,
de que seas grande.

Atentamente, Iván Legrán,
tu padre.




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martes, 11 de enero de 2011

Aquella escuela

Hoy he pasado por delante de la escuela
en donde se me fue cayendo la infancia.

Las rayas que definen el campo de fútbol siguen estando cansadas. Poco alimentadas
de color
como entonces. En el huerto de la escuela
hay un árbol que parece una corbata vieja
porque el sol sólo se fija en su copa
durante media hora.

Justo mientras yo miraba el patio
se ha abierto una ventana y una mano
que sólo era como la mitad de mi mano
ha lanzado un avión de papel.
Desde lejos
el único pasajero de aquel avión
era una multiplicación
hecha con boli negro.

De repente, suena el timbre y sale un grupito de niños muy pequeños
de 7 u 8 años. Los colores de sus chándals son tan básicos
como los que usan para hacer las fichas
de los juegos de tablero.
La hora de la gimnasia,
es una versión reducida y militarizada
de la burlona hora del patio. Se han puesto
a practicar con una pelota de básquet.
Si sólo me fijaba en el balón suspendido en el aire
lo que veía era a Júpiter
intentando colarse por un aro.

Continué andando y terminé por pasar por delante de la mercería
en donde a veces mi abuela se paraba a comprar botones.
Recuerdo una vez
en que las viejas que había en la tienda se pusieron a cotorrear con mi abuela:

-Porque son pequeños. Yo a mi nieta
la quiero mucho, ¡pero muchísimo! ¡Pero a los nietos no se los puede querer más
que a los hijos!

Cuando salimos de la mercería
mi abuela me apretó la mano
y me lanzó una mirada:

-Tú no hagas caso, Iván
son un montón de viejas chaladas.


Cuando regresaba a mi casa
vi a una chica con una cara poco armoniosa, pero que a mí me parecía guapa. Y también me parecía que sólo a mí podía parecerme guapa. Me sentía como si yo hubiera encontrado
una frase bonita en un libro cubierto de polvo
y olvidado.

Volví a pasar por delante de la escuela;
un niño rompía un trozo de papel de plata del bocadillo
y lo tiraba en el suelo. Ahí,
en el lugar en donde se me fue cayendo la infancia,
el papel de plata
semejaba un acento de hierro.





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jueves, 23 de diciembre de 2010

Querer a Julia

Hay gente que primero necesita quemar o borrar algunas
o todas las fotos. Se trata de un pequeño gesto,
un gesto que quiere ser una miniatura
del gran gesto
imposible
de borrar los recuerdos.

Mientras me dirigía a casa de Julia me encontré con dos viejos muy diferentes.

Al primer viejo
lo empujaban por la calle en una silla de ruedas. La boca abierta estaba mellada. Las bocas melladas siempre parece que estén succionando. Me fijé en la lengua pequeña de aquel hombre porque las lenguas no saben ser viejas. Era un reducto rosa y joven. Era una montaña solitaria metida en una bola de muerte. Aquella boca parecía el último bostezo del día de un pez.

El pelo del anciano lucía un peinado escolar. Sin duda
la nuera
o la hija habían reciclado en aquella cabeza
la buena maña con que peinaban a los nietos de aquel hombre.
Era como alimentar a un pobre con las sobras. A aquel viejo
le estaban suministrando
las sobras de un peine.
El viejo me miró arrojándome su mirada con desesperación. Hay viejos que en realidad son sólo los restos de un hombre joven.

El otro viejo con el que me topé me ha recordado a mi abuelo. Era uno de esos viejos
marrones y fuertes. Esa clase de viejos que sí saben ser viejos. Las manos son grandes y duras.
Si se le desabrochara una bamba
podrías confundir a este viejo
con uno de esos árboles a los que se les asoman las raíces por el suelo.
La mano del viejo pelaba una naranja. La naranja era una gran raya de olor
que pinchaba
y daba hambre.

Después de los viejos viene la casa de Julia.

Su voz me ha pedido con una disciplina oxidada
que me marchara. Cuando ella se enfada
acorta la raya de su boca y me aprieta
apretando sus ojos. ¿Qué día de invierno
terminaron de fabricar su mirada?

¿Cómo se puede decidir,
saberse del todo,
que ya no se desea ver nunca más a alguien?
Me parece desesperante
que el último gesto que le vi, su
último gesto
sea
su gesto último.

Ni siquiera estaba seguro de que viviera en el mismo sitio. Se trata de un cruce
en donde la lluvia cae como una muchacha con lipotimia entre un hotel
y una frutería.

Una vez le dije a Julia
que yo nunca había visto un sólo pájaro muerto. Alguna paloma atropellada, eso sí -ella también había visto alguna-, pero la culpa es entonces de los coches
y no de la muerte. Nunca he visto un sólo gorrión muerto. ¿Dónde se mueren los pájaros,
Julia?

Pero Julia hundía la mirada en sus apuntes. Progresaba. Su única aventura era el futuro.
No sé qué es lo más increíble;
si que ella aún quepa en mi corazón
o
si que yo
ya no quepa en el suyo.

¿Se habrá deshecho Julia de aquel paraguas que el viento volvía del revés
hasta hacerlo parecer un tenedor
pinchando tela roja?

Cuando caen la muchacha desmayada delante de mi casa,
abro el paraguas,
me meto debajo de la lluvia,
y sé que Julia ni siquiera habrá necesitado hacer ese pequeño gesto.
Ella ni siquiera quiso tener fotos,
ella ni siquiera quiso fabricar recuerdos.




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jueves, 7 de octubre de 2010

Cristina está rallada

Cristina está rallada, agobiada por los recuerdos.
El buey pesado del pasado la está rastrillando con demasiada fuerza por dentro.
Me imagino el interior de Cristina y no logro figurármelo como un cuerpo lleno de órganos:
Ahora mismo no tiene ni sangre, ni tejido
ni músculos. Dentro de ella
sólo hay una meteorología salvaje; circula por ella una de esas tempestades
que convierten enormes extensiones de trigo
en hombres muertos gigantes.

Mi pequeña está rallada,
me invento su aspecto mientras vuelve a casa
desde la parada del autobús regresa muy despacio
como si su casa estuviera al final de una montaña;
trepa,
Cristina trepa lentamente hacia su cuarto,
se mueve con la mirada disuelta en el suelo
porque en el suelo casi hay un hombre lejano. Se mueve
hacia su casa
con la misma pesadumbre con la que
un reguero de pólvora encendida
se dirige al lugar
donde va a estallar.

Y encima cuando llega a casa está la mirada de su madre. Ahí es
cuando comienza la pesada tarea de hilar; manufacturar con el pesimismo
un secreto.
¿Por qué cuesta tanto
ser libre
para estar triste?
A mí también me pasa:
estar triste delante de mi madre es como llevar los bolsillos llenos de droga.
Mi madre me hace creer que la tristeza es una cosa ilegal.

Cristina es buena disimulando. Se sale con la suya, su rostro
puede llegar a ser muy normal. Pero si te fijas
puedes darte cuenta de que hay un aullido en el fondo de su cara.

Sólo cuando está tan triste
ella adolece de adolescencia. Se le escapa demasiada pesadumbre de las manos.
Y siempre lo empeora todo
queriendo curarse demasiado pronto.

Seguro que para ella las horas
ahora mismo no son horas; el tiempo ya no forma parte del tiempo,
quizá simplemente se trata de una hemorragia en los relojes; una herida que crece
invadiendo perfectamente los días. La semana se ha transformado
en un dibujo lleno de hectáreas quemadas.

Cristina,
Hay un aullido mezclado en tu mirada.
Me imagino tus ojos, los ojos que has fabricado
para enseñarle a tu madre y a tu novio durante estos días. Seguro que
esos ojos son como una cortina preciosa
detrás de la cual hay un loco
con un cuchillo
escondido.

Te desesperas demasiado.
Todo dolor pasa
y tu corazón es como el resto de los corazones;
un niño atento y listo
que a la mínima que puede reverdece.
Casi todos los sueños siguen el mismo mapa que sigue la lluvia:
Siempre empiezan muy altos,
pero casi siempre terminan siendo tragados por alguna cloaca.
Pero no todos.
Nunca todos.

Qué días más malos, odio que Cristina
tenga que competir con su pasado. Odio que tenga que mancharse de tantas preguntas.
Qué racha
tan nefasta:
Cristina,
mi Cristina,
está rallada.




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martes, 14 de septiembre de 2010

Mi padre

La primera vez que vi amanecer
fue en el brazo izquierdo de mi padre.
Ahí
él tiene tatuado un sol caliente
pero congelado:
Un sol que sólo sabe
estar amaneciendo
entre las rocas de su enorme brazo.

Comparado con mi padre
soy un imbécil:
Cada vez que una chica me hace daño
ya me quedo sentado en el caos,
detenido por las riendas del terror.

En cambio,
del día en que murió mi abuela
además del cadáver
sólo recuerdo
que mi padre se limitó a dar un portazo.

Cuando yo era un niño
mi padre era el padre
que podía pegar a todos los padres.
Después, cuando crecí eso me dio igual.
Y él se limitó a ser una sombra cansada de trabajar
que me daba dinero, me regañaba
y todo lo hacía sin preguntar.

Ahora le entiendo. Ahora comprendo su pereza. La apruebo;
le quiero más.

Papa,
No debería darme vergüenza hablar contigo.
¿Sabes que el otro día
una chica me regañó porque era muy pronto para intentar besarla?
Pero es que
ella no entendió
que las farolas se habían puesto de mi parte
cuando se estropearon
justo en el tramo más oscuro de la calle.

Hoy he vuelto a ver a esa chica, Cristina,
y su mirada llena de incomodidad
ha hecho que por hoy
no me apetezca seguir siendo yo.

¿Pero a ti para qué te iba a contar nada?
Tú no sabrías qué decirme, papa. Como mucho
me palmearías el hombro
y me repetirías el consejo con el que me lo arreglas todo:
Hijo, si quieres ligar,
adelgaza ya, coño.




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sábado, 14 de agosto de 2010

El novio de mi madre

El novio de mi madre siempre tiene
los ojos cansados y ojerosos.
Duerme mal, le duele la espalda.
Y si le conoces un poco
llegas a creer que la vida le ha apagado
un cigarrillo en la mirada.

Mientras mi madre se maquilla
él la espera con tabaco entre los dedos. Del cigarro
sale un cable gris y blando que va escalando
hacia los techos.

Hoy el verano ha vuelto a sacar la lengua como el invierno:
Esta noche hay tantos relámpagos
que parece que el cielo
no deje de sacarle fotos a mi ventana.

Todas las palabras que ahora dice mi madre
vienen envueltas por un pelaje contento. Todavía me parece como mirar un decorado
eso de verla tan sonriente.

Cuando alguien vive tan solo
como vivimos yo y mi madre
son los seres queridos quienes te manchan la casa.

Mi abuela riega el comedor
de frases que ya nunca significan nada.

Un hombre impaciente, mientras espera,
suelta una serpiente gris que nubla las habitaciones.

Yo veo la tele
con alguien que mancha el sofá de gotas de pan
y el suelo con algunas migajas de aceite.

Cuando el novio de mi madre entra por la puerta de casa
ella salta del sofá y va a buscarle como si fueran a entregarle una medalla.
La cara de mi madre
adopta una expresión desacostumbrada:
feliz,
enorme;

rara.



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viernes, 16 de julio de 2010

Atascado

¿Qué me pasa?
Llevo demasiados días
sin notar los días.
Es como si algo
me hubiera obligado
a apearme del tiempo.

Me siento atascado.

Me pasa casi todos los veranos.
O quizá estoy intentando ser amable
y en realidad la culpa
no es del verano.

En qué lugar de espanto me he metido;
La salida
ha preferido
salir de aquí.

Mi futuro a veces intenta engañarme,
quiere hacerme creer
que alguien lo va a escribir
en alguna página podrida.

Quiero matar la parte de mí que tanto te prefiere.
Verte como tú me ves a mí:
Percibir sólo
la normalidad que te conforma.

Estoy demasiado quieto en ti. Demasiado inquieto
y enfermo:
En lugar de vivir en tu vida,
vivo de tu vida.

Soy el vampiro
de todo aquello que tiene que ver contigo.
Me importa todo:
El pelo que llevabas ayer, y también
la ropa que has escogido.
Irene, ¿de qué color es último pintauñas que has guardado
en la caja donde guardas los pintauñas?

Debajo de mi cuello
la soledad
ha fundado una ciudad
que me habla de horrores mientras me diseca.
Estoy cansado de que no me sirva cualquiera. Estoy harto
de que sólo me valgas tú.
Con qué facilidad
la serpiente de mi imaginación
se cuela
y retoza con despilfarro
entre los cajones de tu ropa.

No sabes lo bien
que funciona tu imagen en mi casa.
Depende de la risa que uses
o de la voz que pongas
destellas el pasado y parece como si alguno
de tus viejos sentimientos
fuera un muerto que abre los ojos.

¿Quién me he creído que soy
para sentir asco
cuando te imagino con otros?

Nunca te he tenido.
Y tampoco he estado nunca a punto de tenerte. Solamente
hubo unos días que para mí
fueron muy buenos.

Busco consuelo
en el único argumento bueno del pasado:
Aunque aquellos días se hayan ido
el pasado
es la única cosa
que de verdad ha ocurrido.


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domingo, 4 de julio de 2010

Habitaciones cerradas

¿Qué hago aquí contigo?
A veces tengo la sensación
de que aquí lo único que hago
es desperdiciar mi corazón contigo.

Debería deshacerme de este asunto,
darle a mi madre la noticia:
Ella se quedaría un rato parada y
con la mirada suspendida.
Luego se marcharía a otro cuarto.

Pero no puedo hacer eso.
Siempre que vuelvo a verte
lo que te trajo hasta aquí, hasta mi casa,
aquel engranaje entre tú y yo que funcionó desde el principio
vuelve a engrasarse. Tu mirada
sabe despejar y reparar los caminos
que te condujeron hasta mí.

Tu nombre, tu cara,
tu pecho que juega a ser infantil
jugando a no tener tamaño debajo
de tus camisetas holgadas:
Todo crea un clima especial
bajo el que quiero existir.

Ojalá no fuera así, pero por ahora
el resto de mujeres
son animales que viven en una cisterna gris
y ni siquiera me parecen capaces de
pronunciar correctamente mi nombre. Qué seres tan entumecidos, qué polución les desfigura la cara.
Qué larga lista de deberes.
Ninguna de ellas
me apetece.

Siempre estoy harto de ti;
Tú ya no me deseas. Pero aún me quieres.
Para mí ese sentimiento
es una casa
en la que sin saber por qué
las mejores habitaciones
han sido cerradas.



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jueves, 1 de julio de 2010

Mi novia

Tengo dos cabezas.

Una se concentra en ti todo el rato; en la posibilidad de dar contigo.
La otra vigila con mucha pereza las cosas normales
de una vida.

Me temo que ayer fue la primera de mis cabezas
quien se dedicó a tejer mi sueño:

Era verano. El verano era
un pájaro caliente y vasto
que se apoyaba en todas las ventanas de mi casa
y se dedicaba a respirarlo todo.

El verano sólo tiene dos cosas buenas:

La sonrisa de la agenda
y que la noche nunca se olvida el cepillo de dientes.
Brillan más
las estrellas.

Soñé que tenía otra vez novia.
Sé que era mi novia
porque la vi hablando con mi abuela.

Mi abuela hoy
es sólo la mitad de lo que es ella. Tiene Alzheimer;
su cerebro es una pastilla
que efervece
hacia la nada.
La fantasía intenta parchear su cabeza,
taponar sus fugas.

A veces se gira en mitad de una calle llena de arrugas
y me obliga a prestarle atención:

-Iván, hoy he visto a Bertín Osborne.
Me ha dado recuerdos para ti.

La chica con la que soñé no se reía de mi abuela.
Hablaba con ella, se metía en su hilaridad
y jugaba delante de mí a comprenderla.

Me gustaba esa chica. Y si me gustaba es porque físicamente
tenía algo malo. La gente perfecta es transparente. Se recuerdan
sólo las cosas raras.

El pelo
tiene que ser de tamaño derramable. El resto
da igual
siempre que tenga algún fallo:
Las piernas algo regordetas. O
las manos pequeñas. O
un diente un poco grande. O
una nariz algo rara. Ella ha de tener algo
que me haga creer
que sólo yo sé leer
que en realidad sí que es guapa.

La chica del sueño podía salvarme. Eso se notaba.

Mi alegría se ha convertido en alguna cosa
corta y pequeña.

Un caracol
tratando de escalar un flaco
fleco de hierba.

Mi novia
con su cuerpo desnudo
me desparasitaría el corazón de sombras. Y en cada gesto
me haría un guiño hacia el futuro.

Fantaseo con el día en que te encuentre, novia.
Ese día
¡qué grande!
Mi peso no pesará. Y la gravedad
desde luego
no será tan grave.

Lo malo es que no existes. Y si existieras
ya no dispondrías de mucho tiempo
para hablar con mi abuela.


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domingo, 27 de junio de 2010

Cadáveres guardados

Cuando la vi por primera vez
un montón de cadáveres encontraron sus tumbas.
Gracias a ella
fue posible duchar
las pizarras del pasado;
lavarlas de la caligrafía venenosa
que había ayer.

La veo una vez por semana.
El tiempo que hay en medio,
el rato que hay entre vez y vez,
es un fardo lleno de horas pesadas.

No quiero ese entreacto.
No me anfibio bien a la vida que consiste en ahora ver
y ahora no ver.

Pero ella
salva los días por completo. Con mi amiga a mi lado
podrían cronometrarse en una cifra muy delgada
los instantes en que me doy cuenta de que
la noche es la noche.
Intuyo que el tiempo antes de ella
era una textura pobre, magullada.
Una vida de pan degradado sobre
un tapete
en el que podían reunirse las migajas
de un festín solitario e inerte.

Ayer volví a verla,
a mi amiga.
Iba preciosa:
Un montón de cadáveres
regresaron a sus fosas.
Con ella el tiempo es sólo el futuro y
el futuro es un megáfono que proclama su nombre:
Irene.
Irene.

Y el terror se afloja.
Y las horas
todas
mejoran.


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jueves, 24 de junio de 2010

Ayer Irene estuvo enferma

Esto no es un poema. Es la cara de angustia que tuve ayer
durante todo el día.

Ayer Irene estuvo enferma.

En esta ocasión no voy a hablar de lo que Irene o yo sentimos:
Ella ve unas luces apagadas.
Yo continúo viendo unas luces encendidas.

Hoy he presenciado por la calle
un par de letras de la sigla desconocida
de mi relación con Irene:

Primero he visto una pareja de novios adolescentes. Ella
le besaba a él en la mejilla. Sin obscenidad.
Sólo en la mejilla.

Después

he visto cómo una chica de 15 o 16 años
le iba repartiendo patatas fritas
a su hermano pequeño de 5 o 6.
La bolsa era muy pequeña
y las patatas parecían orejas doradas. Relumbraban y destellaban al sol
como si las hubieran traído con vagonetas
desde el fondo de la tierra.

Todo esto da igual. Lo que me importa
es que ayer Irene se encontraba mal.

Ingresó urgentemente en un hospital apartado. Se dejó el móvil en su casa.

Cuando Irene se encuentra mal
me comporto como un edificio supersticioso y agrietado.

La paranoia
entra en erupción
y mi sentido común
se la mira con la misma mirada fatigada
con que un peluquero observa a cualquier cosa grande y desordenada.

Todo el rato. Cada hora
imaginando a Irene tumbada en una cama escueta y funcional. Las sábanas impersonalmente blancas estaban perfumadas
con la nada. Dicen
que los enfermos no pueden soñar en el hospital. No me extraña,
debe ser
porque sus camas no huelen a nada.

Ella.
Ella en ese camastro de estructura lógica, planificada para ser transparente,
Irene aprieta su barbilla. Un doctor
viene a verla para controlarle la respiración.
Levanta su camisón y le pulsa en las costillas.

Estoy seguro
de que alguna vez he estado a punto de soñar con esas costillas.

El médico finge profesionalidad, apenas mira el ombligo de Irene
pero lo ve
y sabe tan bien como yo
que ese ombligo es una letra “c” con la tinta corrida.

El doctor se despide limpiamente
-Hasta la siguiente visita.

Quiero llamarla. Quiero saber cómo está. Incluso saber
si necesita alguna pieza de mi cuerpo. Su móvil suena
pero la llamada se estampa y unta de sonido para nada
las paredes de su casa a toda prisa ensombrecida
y vaciada.

Esto no es un poema. Es mi espanto de ayer
y también es
mi alegría bestial,
mi amor sin ficciones,
al saber
que Irene ha vuelto a casa
y ya está casi del todo bien.



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domingo, 20 de junio de 2010

Vísperas

Ya está cerca mi santo, San Juan.
En la calle suena un bang-bang de perdigonazos. Pero en realidad
es el hipido de los petardos, tirando de la futura verbena
hacia el presente.

Los niños se vuelven demoníacos y nerviosos con los mecheros en las manos. Les encanta
causar fuego
con sólo chasquear un dedo.

Ellos juegan cerca, queman la pólvora
en una plaza que está a menos de un cuarto de hora.
Si no se tratara de estas fechas
podría creer que son adultos lejanos que andan probando sus pistolas.

Irene,
mañana ya es verano.
Tu agenda del colegio ha sido durante todo el año un cuentagotas de días. Una
jirafa parda
a la que siempre le faltaban unos centímetros de cuello
para alcanzar la hoja alta tan ansiada.

Vuelven a brillar los viernes. La promesa
de que quizá éste ya vuelva a verte
me condecora desde lejos.

Toda la gente que te apestaba la vida se va a morir durante este verano.
El sol ha horneado una llave caliente y amarilla
que te va a soltar de todos los grilletes. Sólo tú
sabes lo que vale el verano. Porque sólo para ti
los días se han derretido tan despacio.

Mañana ya es verano. Yo soy el sheriff
de una hectárea en donde el sol
impacta sin cuidado
y sin cuidado
la hierba es una carcajada verde que espera ese impacto.
Tú puedes gozar de esa hectárea. Te la daré
a cambio de que pestañees a mi lado.

A mí antes me daba igual el tiempo. Ya no tenía el verano
ningún mensaje para mí. Pero tu cuenta atrás,
tu apetito por este momento
ha tripulado mi emoción
hasta este verano.

Muy pronto, el día que quedemos
no me dará tiempo a echarme la siesta. Sabes que me verás con ojeras
y de vez en cuando me masajearé el cuello dolorido. De tanto en tanto
incluso burbujearé algún bostezo.
Pero a pesar de eso. Ya sabes que cuando estoy contigo
lo único que está cansado es mi aspecto.


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lunes, 14 de junio de 2010

Me gustaría ser tu madre

Si yo fuera tu madre
me esforzaría siempre con mucho ahínco
para que tu única opción
fuera la alegría.

El otro día cuando fui a buscar tu libro a la librería
el cielo era del color de un gran insecto
y a pesar del calor
llovía. Pero la gente
bajo los paraguas
iba en chanclas
y confiaban en el verano todavía. Una muchacha bonita
pero muy delgada
caminaba más rápido que yo y sus brazos eran tan finos
que los codos que enseñaba le enseñaban a todo el mundo
que sólo eran dos nudos.

Me gustaría ser tu madre. No me importaría saltarme
y perderme
el tramo de edad que me separa de su edad.
Me dejaría el pelo más largo;
con la práctica me anudaría cada vez mejor el delantal. También aceptaría
tener que abrochar a mis ojos
el vapor cansado de su mirada.

En las horas en que estuvieras en el instituto,
yo limpiaría la casa
y curiosearía en los hilos de olor de tus pijamas
antes de darles la forma de un cuadrado
para ponerlos a dormir
dentro de tu armario.

Aunque no me gusten los hombres
me pondría aquellos perfumes que me regalase tu padre. Sería buena con él y
pocas veces le regatearía una sola opinión. Apaciguaría tu casa;
la convertiría
en un país llano para que en los próximos años
el tiempo fuera una montura tranquila
que por caminos plisados,
sin ácidos ni inmundicias
te condujera hasta tu versión más alta de ti.

En todo lo que tú haces ahora, querida Irene
va mezclada la súplica por el perro que tanto tiempo has deseado.
Si dependiera de mí
sabes que ese perro ya tendría un nombre
y ya lo habrías educado para que supiera
que los tomates del jardín,
esa mezcla de juguete redondo y de comida jugosa,
por expresa prohibición de tu padre
no se tocan.

En el pentagrama de las cinco cuerdas que hay para tender
las notas serían el color ondulado por el viento
de tus braguitas mojadas
a las que añoro tanto volver a ver...

Sería difícil llevar toda la casa. Esa casa grande que tenéis.
Cuidar de ti
de tu padre y de tu hermano: Hacer la comida para todos,
despertar al horno de su letargo. Despertarme yo
pronto para despertaros a vosotros. Sería mucho
mucho trabajo. Pero viviría mucho más tranquilo
gracias a la única recompensa
que queda después de tantas molestias:
a tu madre
a diferencia de a mí es imposible
que alguna vez dejaras de quererla.




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lunes, 7 de junio de 2010

Varias semanas sin Irene

Me parece que ha terminado aquella época. Cada vez viene siendo más raro
que tu madre pueda pillarte
con mi nombre holgazaneando entre tus labios
como una fina brizna de hierba.

No me gustan nada los días sin verte.
Se vuelve todo alto e igual. El tiempo se rotula de nada:
Los días se convierten en un estribillo plano y marchito.

¿De verdad no tienes una sola hora en tantas semanas?

Ah,
ya;
tienes exámenes importantes
y algunos trabajos de clase.

No te estará pasando algo, ¿verdad?

A lo mejor hay por ahí un viento nuevo
que vagabundeando en los tejados
no deja que tu ropa tendida al sol se quede quieta.
Entre tus prendas mojadas
veo alguna cosa especialmente viva y pequeña
que me parece que ya no volverás a enseñarme.

Cuándo se quedará quieto
el movimiento de ir perdiendo.

Mi casa se vuelve muy perezosa si no vienes.

En absoluto es tu culpa
pero cuánto poder tienes:
Alguna de tus miradas de ahora
puede pudrirme
y alguna puede ser
la pastilla de lluvia
tan soñada por aquel árbol amarillo.

Creo que todavía no has salido
del todo de algún sentimiento. Por eso estás ahí parada
un poco indecisa en mitad del umbral.
Detrás de ti,
a tus espaldas,
está la luz corriente de un día de calle.
¿Entras o sales? ¿O quieres estar justo ahí
sin entrar
pero también
sin irte de aquí?

Si eso es lo que a ti te apetece
a mí ya no me importa.
A pesar de que estando ahí en medio
lo único que haces es taparme la luz
y darme un manotazo de sombra.




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lunes, 31 de mayo de 2010

Sobre "Los mecanismos de ficción"

¿Es real el realismo? ¿Cómo definimos una metáfora afortunada? ¿Qué es un personaje? ¿Cómo reconocer el uso brillante del detalle en la ficción? ¿Qué es el punto de vista, y cómo funciona?

Según la introducción a “Los mecanismos de ficción” de James Wood, ésas son las preguntas que han funcionado como gasolina para impulsar la redacción de este libro. Lo primero que sorprende es el título: ¿Por qué “Los mecanismos de la ficción” y no “Los mecanismos de la literatura”? ¿En algún momento la literatura no es ficción o, en algún momento, aspira a una cosa distinta de la ficción? Quizá, justamente, ése sea el primer golpe que pretende darnos James Wood: Enmarcar a la ficción como marco de toda la literatura. ¿Es necesario hacer eso a estas alturas? Pues yo creo que sí: ¿Nos parece raro que alguien nos hable de “literatura de ficción” -intentando, entonces, diferenciarla de otra literatura de no-ficción-? A mí al menos, de buenas a primeras, si me dicen eso de “literatura de ficción” no vacilo en imaginarme una novela negra o una novela de aventuras. Entonces, ¿qué ocurre con las novelas cuyo género es el de no tener género? ¿Es que pueden estar fuera de la ficción? Desde luego que no. Voy a recoger aquí uno de los últimos párrafo con los que James Wood cierra el libro:

El realismo, visto en general como fidelidad a las cosas tal como son, no puede ser simple verosimilitud, no puede ser simple semejanza con la vida, o parecido, sino lo que yo llamo “vividad”: vida en el papel, vida traída a una vida distinta por el arte más elevado. Y no puede ser un género; por el contrario, hace que otras formas de ficción parezcan géneros. Porque el realismo de ese tipo -vividad- es el origen. Informa todo lo demás; instruye a sus alumnos díscolos; permite que existan el realismo mágico, el realismos histérico, la fantasía, la ciencia ficción, incluso los Thrillers.

Me parece un buen acierto eso del realismo-vividad, sirve para oponerlo al realismo-fotográfico, el cual en absoluto es artístico y suele ser simple esqueleto para articular “argumentos”. No es extraño entre los alumnos de literatura o los aficionados a la lectura el viejo debate de: ¿No es mejor una mala historia bien contada que una buena historia mal contada? Me parece un debate de una miopía exacerbada: Las buenas historias, son buenas porque están bien contadas. Las malas historias, son malas porque están mal contadas. Con lo cual, le pese a quien le pese, una historia más larga y más compleja puede muy fácilmente ser simplemente eso: más larga y más compleja.

Perdón, me estoy yendo por otro sitio; pero es difícil conducir en línea recta cuando se habla de literatura. He tenido una sensación muy molesta con el libro de James Wood: A pesar de que estoy prácticamente siempre de acuerdo con el olfato de buen lector que demuestra tener a lo largo del libro, creo que comete el error de contestar dos veces a cada una de las cuestiones que plantea: Cuando habla sobre el estilo indirecto libre empieza a esbozar una explicación teórica clara y precisa ante la cual digo sí con la cabeza y estoy de acuerdo; cuando aboga, teóricamente, por cómo debería ser un buen uso de semejante estilo vuelvo a asentir con la cabeza y a decirme que sigo estando de acuerdo. El problema lo tengo cuando James Wood se empeña en contrastar citar ejemplos de novelas; creo que se desorienta o bien se vuelve muy sectario con su propios gustos, hasta tal punto que siento que las cosas que ha asentado bien teóricamente luego, en la contrastación práctica, se acaban deshaciendo. No hablo simplemente de que esté poniendo malos ejemplos a buenas explicaciones; hablo de que las premisas que nos hace asumir gracias a un buen planteamiento luego se suelen ver comprometidas con los ejemplos escogidos y, además, puede conducirnos a los lectores a una contra-asunción de lo que ya habíamos dado por bueno en un primer contacto teórico. Pondré un ejemplo:

El estilo indirecto libre adquiere su máximo poder cuando apenas resulta visible o audible: “Ted contempla la orquesta a través de unas lágrimas estúpidas”. En mi ejemplo, la palabra “estúpidas” marca la frase e indica que está escrita en estilo indirecto libre. Si la quitamos, tenemos un pensamiento normal en tercera persona: “Ted contempla la orquesta a través de las lágrimas”. La adición de la palabra “estúpidas” suscita la pregunta: ¿de quién es esta palabra? Es muy poco probable que yo desee llamar estúpido a mi personaje sólo porque está escuchando música en una sala de conciertos. No, es una maravilosa transferencia alquímica, la palabra ahora pertenece en parte a Ted y en parte al narrador.

Esta primera explicación sobre qué es el estilo indirecto libre me parece buena; está bien ilustrado el modo en que el narrador indirecto libre simpatiza casi invisiblemente con sus personajes y deja que los pensamientos de estos se viertan en el caudal de su discurso. Sin embargo, cuando intenta ejemplificarnos el uso del estilo indirecto libre en una novela de Henry James, nos transcribe este párrafo:

Y a causa de todas estas cosas su mamá la consiguió por un precio tan económico, realmente por nada: el caso es que un día, cuando la señorita Wix la acompañó al salón y se retiró, la niña oyó que una de las damas que encontró allí, una señora con las cejas arqueadas como cuerdas de saltar y puntadas muy gruesas y negras, como líneas trazadas con regla para las notas musicales y que llevaba unos bonitos guantes blancos, se lo anunciaba a otra. Sabía que las institutrices eran pobres; la señorita Overmore era inmencionable, y la señorita Wix mucho más aún en público. Sin embargo, ni eso, ni el viejo traje marrón ni la diadema ni el botón disminuían el atractivo que poseía la señorita Wix para Maisie, un encanto que se hallaba presente en toda y ella que transmitía que de alguna manera, a pesar de su fealdad y su pobreza, era peculiar y tranquilizadoramente segura; más segura que ninguna otra persona en el mundo, que papá, que mamá, que la señora con las cejas arqueadas; más segura incluso, aunque fuese mucho menos guapa, que la señorita Overmore, cuyo encanto, suponía la niña, débilmente consciente de ello, no invitaba a descansar con la misma sensación de arroparte y de beso de buenas noches.

Antes de comentar por qué este ejemplo de excelente uso de estilo indirecto libre me parece inadecuado, voy a dejar discurrir un poco más a James Wood para que apuntale otra de sus buenas conclusiones sobre el estilo indirecto libre:

Es habitual que los buenos escritores cometan errores. Muchísimos autores excelentes tropiezan en el estilo indirecto libre. El estilo indirecto libre resuelve muchas cosas, pero acentúa un problema inherente a toda narración de ficción: ¿las palabras que usan los personajes aparecen suyas o más bien suenan como si fueran del autor?

Cuando escribí “Ted contempla la orquesta a través de unas lágrimas estúpidas”, el lector no ha tenido dificultad alguna en asignar “estúpidas” al propio personaje. Pero si yo hubiese escrito “Ted contempla la orquesta a través de unas lágrimas viscosas e hinchadas”, de pronto los adjetivos habrían parecido irritantemente adjudicables al autor, como si yo intentar encontrar la forma más estrambótica de describir aquellas lágrimas.

El problema que señala James Wood, la tensión entre el estilo del narrador y el supuesto estilo que debería tener cada personaje, está tan fosilizado en la novelística que, precisamente por eso, el ejemplo que ha puesto de buen uso del estilo indirecto libre queda invalidado. Me explico: Estamos tan acostumbrados como lectores a un intervencionismo tan grande del narrador -aunque sea entendiéndolo dentro del estilo indirecto libre como una predisposición demasiado habitual del narrador a contener de un modo muy artificioso los pensamientos más corrientes de un personaje, que el ejemplo de narrador excesivamente simpático de Henry James nos va a resultar demasiado cursi: El narrador niñifica demasiado a la niña, se comporta ocasionalmente como un padre para ella. Y eso ya no es hacer un uso del estilo indirecto libre “que resulte apenas visible o audible”, al revés, es hacer un uso demasiado fluorescente del estilo indirecto libre.

Además, me parece mal que, como si bien apunta el propio James Wood, el arte es desproporcionar algo para mostrar la tamización subjetiva de dicha proporción seleccionada, no se anime nunca a hablar de otros estilos narrativos aparte del indirecto libre. Este “Los mecanismos de la ficción” me parece un libro demasiado quieto en la premisa de que la novelística actual se basa en distintas germinaciones del estilo indirecto libre inventado por Flaubert. Por ejemplo, ¿por qué James Wood no explica nunca que en las narraciones en primera persona sí puede solucionarse perfectamente esta tensión entre “estilo del narrador y estilo supuesto en el personaje”? En las narraciones en primera persona es más evidente la intención artística del escritor; el intento subjetivo de desproporcionar algo para aspirar a la meta más interesante del arte: detallar una visión -parcial- de la verdad.

Voy a poner un ejemplo de Blonde Town para ilustrar eso que digo de la solución entre “tensión del narrador y tensión del supuesto estilo de los personajes. Al ser una novela en primera persona el narrador vierte su propio discurso en su prosa, así que queda automáticamente desactivado para sí mismo el estorbo de: “¿Pero es que este estilo pega con la mente de este personaje?” Además, en las narraciones en primera persona, la narración es tan evidentemente capricho de una subjetividad, que el autor tiene la ventaja de poder ejemplificar sus discursos sobre otros personajes invocándoles al diálogo cuando le dé la gana; por lo tanto vuelve a salvar los escollos del discurso indirecto libre sin caer en la cursilería simpatizante del ejemplo de Henry James.

Mi hermana se ha convertido en una mujer de 16 años que habla poco. Sé que la familia echa de menos a la niña que fue Irene; estoy cansado de que siempre se lo recriminen con alguna mirada sucia, o bien zancadilleando su silencio con las mismas preguntas de siempre. Para ellos es como si un gusano alegre y colorido se hubiese metamorfoseado en una mariposa macilenta y callada.

Desde los 12 hasta los 18 años más o menos, la ventisca muy pasional de la adolescencia quita la niñez de los corazones. Sin embargo, a Irene le sucedió algo que se la arrancó de cuajo como se arrancaría un tubérculo: Se enamoró a los 13 años de un chico mucho mayor que ella. Fue una relación normal y corriente, se quisieron y se acostaron juntos durante más de un año. Creo que por eso Irene ha crecido tan deprisa, sin apenas transitar por la adolescencia: La adolescencia es una etapa heroica basada en la mitificación del niño por metas que sólo podrá conseguir siendo adulto: amor, sexo, dinero... Como a Irene el amor y el sexo la tocaron con sólo 13 años la crisálida de la adolescencia culminó extraordinariamente rápido en ella. De hecho, las aspiraciones de mi hermana volvieron a basarse en temas de su niñez: Ser veterinaria y, sobre todo, tener un perro.

Cuando me enteré de que mi hermana había follado sentí asco. Me poseyeron las ganas de lanzarle una apasionada reconvención para intentar que se diese cuenta de la locura que había cometido. En realidad, lo que yo estaba haciendo era enmascarar de regañina paternalista el choque de asco que había sufrido al imaginármela siendo follada por un tío. Lo que ocurrió es que ella se me avanzó a la regañina con una frase de una lógica imposible de contradecir:

-Si le hubiese conocido con 17 años y hubiera sido virgen... ¿No sería lo mismo?, ¿eh? ¿Tenía que dejar escapar a un chico que me gusta sólo por la edad?

Tuve que masticar mis protestas hasta que se convirtieron en un balbuceo y luego en nada. Mi hermana tenía razón.


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